"Ojalá pudiese estar allá, ahora, en alguna parte de las montañas", le confesó Karol Wojtyla a un periodista de Time que le había preguntado por las excursiones de su juventud. Hay nostalgias que son universales.
(S. admira el paisaje desde la cima del Petrechema)
El paso de Tachera es el camino más asequible para acceder a la imponente cordillera de los Alanos. La fotografía fue tomada allí el pasado domingo, sólo unas horas después de que cinco expertos escaladores trepasen por la pared de la izquierda para celebrar dos cumpleaños.
Tienen nombres comunes y apariencia discreta, pero cualquiera de ellas encierra todo un mundo de sensaciones y recuerdos: el brillo de una ladera que surge repentinamente a mitad de camino, la perfección imposible de cada pétalo, la belleza a veces escondida del presente, las nostalgias del futuro, el sabor de la amistad, la certeza de las estaciones, la seguridad, el amor, la gratitud... Es difícil componer un ramo mejor en estas últimas horas del mes de las flores.
Junto a la cima del Argibel, a sólo unos metros de la frontera con Francia, hay una piedra enorme que ha sobrevido al paso de los siglos en un llamativo e inestable equilibrio: basta con que alguien mínimamente pesado salte sobre ella para que se desplace unos centímetros y recupere a continuación su posición original. De ahí su nombre: arrikulunka, la piedra que baila.
Una pareja admira desde la cima de Peña Alba el puzzle minucioso que ha ido configurándose para ellos a través de los siglos y las generaciones. Algunos lo llaman paisaje, pero viene a ser lo mismo.
Se habla siempre del ideal como de una meta a la que se tiende sin alcanzarla jamás. Para cada uno de nosotros, el Annapurna representa un ideal hecho realidad. Para nosotros, la montaña siempre ha sido un campo de acción natural, donde, en la frontera entre la vida y la muerte, encontrábamos esa libertad que andábamos buscando a tientas y que necesitábamos como el pan. Las montañas nos han obsequiado con su belleza, y nosotros las hemos amado con la ingenuidad propia de un niño, las hemos reverenciado con el respeto que un monje siente por lo divino. Ese Annapurna, al que nos habíamos dirigido con las manos vacías, es un tesoro del que habremos de vivir durante el resto de nuestros días. Conscientes de esto, volvemos una página de nuestra existencia: una nueva vida comienza. En la vida de los hombres hay otros Annapurnas.
(Maurice Herzog, inmóvil en una camilla, poco después de haber conquistado el primer ochomil)