sábado, 27 de julio de 2013
Grandes cosas
(La foto está tomada en la cima del Txamantxoia).
miércoles, 14 de marzo de 2012
En las Tierras Altas

viernes, 9 de marzo de 2012
Nuevo impulso
jueves, 10 de noviembre de 2011
Recuerdos consoladores

El 28 de enero de 2008, de madrugada, el escritor francés Frédéric Beigbeder fue detenido en la avenida Marceau de París por esnifar cocaína sobre el capó de un coche. Beigdeber es un cultivado enfant terrible de las letras y de la sociedad francesa. Quizá por eso, los policías que lo sorprendieron in fraganti y después el fiscal Jean-Claude Marin debieron de pensar que su arresto podría resultar ejemplar para otros noctámbulos insurgentes, y lo retuvieron 48 horas en unos calabozos infames. Durante aquel arresto humillante, Beigbeder fue rebobinando la película de su vida, e incluso logró recuperar algunos recuerdos de su infancia que creía malogrados por la amnesia. Se vio a sí mismo con un pantalón de pana “color rojo vivo”, trepando por las hayas en pendiente de la selva del Irati, o recorriendo la frontera vascofrancesa en un Aston Martin. “Todavía no existían los 4x4 y en cada curva los niños se balanceaban en el asiento de atrás del nuevo coche paterno. Me bañé en el agua fría de un río, bajo los pinos gigantes, en un aire saturado de resina. Posé junto a mi hermano delante de un rebaño de ovejas que desprendía el olor de su queso venidero. Una cortina de lluvia barnizaba los pastos, el cielo brumoso era un edredón somnífero, el tiempo era largo (los niños detestan los paseos), creo que estábamos de un humor sombrío como nuestras botas de caucho enfangadas, y los pottokas pacían sobre las laderas herbosas de los caseríos de Zugarramurdi”. La suma de aquellos y otros recuerdos le sirvió a Beigbeder para escribir Una novela francesa, donde reconstruye su niñez a la vez que relata su arresto.
(El pottoka que pasta distraídamente en la ladera herbosa de la imagen –en el collado de Itzulegi, no muy lejos de Zugarramurdi– nunca sabrá que su estampa –o la de sus ancestros– alivió una vez la obligada reclusión de un escritor francés. Por el camino que se dibuja en la esquina superior derecha se puede subir al Irubelakaskoa).
domingo, 31 de julio de 2011
Belleza variable

"La naturaleza debía de estar contenta de que yo fuese tan feliz", piensa Jane Eyre con ocasión de uno de los episodios más risueños de la novela. Es una reflexión sugerente, pero la relación causa-efecto es probablemente la contraria: la belleza "objetiva" de la naturaleza se percibe y se saborea y se agradece mejor cuando las nubes no ensombrecen el alma del observador, sea este un montañero veterano o una institutriz de la Inglaterra victoriana que acaba de descubrir el amor.
(En la imagen, E. avanza por la magnífica cresta de los Alanos, aún más magnífica cuando se recorre con la adecuada temperatura interior).
miércoles, 20 de julio de 2011
Una locura

Esto es lo que acertó a explicarle Holden Cauldfield a su hermana Phoebe: “Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Solo estoy yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura”.
(El campo de la imagen -que ya estará más que segado a estas alturas del verano- brillaba el pasado junio junto a la localidad de Guembe, en el valle de Guesálaz: un buen sitio para iniciar la subida al Elimendi).
martes, 26 de abril de 2011
Señales

“Cuando nos perdemos en el bosque, ver un letrero es un asunto muy importante. El primero que lo ve grita: '¡Mirad!' Todo el grupo se reúne a su alrededor y lo contempla. Pero cuando hayamos encontrado la carretera y pasemos los letreros cada pocos kilómetros, no nos pararemos a mirar. Nos estimularán y agradeceremos a las autoridades que los hayan puesto, pero no nos pararemos a mirar, o no demasiado; no en esta carretera, aunque los postes fueran de plata y las letras de oro. ‘El año que viene en Jerusalén’. Por supuesto, no es que no me pille a menudo parándome a contemplar esos postes en los lados de la carretera o, incluso, objetos de menor importancia”.
(C.S. Lewis, Cautivado por la alegría. La señal de la imagen es una de las que jalonan la "Ruta de los contrabandistas", un itinerario espectacular y discreto que arranca junto a la serrería de Isaba y termina sobre el barranco de Arrakogoiti, a un paso de la frontera. Las marcas blancas y amarillas se agradecen especialmente cuando la niebla asciende desde Francia).
miércoles, 30 de marzo de 2011
Domingos

En Sociedad Limitada, Miguel d'Ors dedica una poesía a todos aquellos fines de semana que "desperdició" lejos del monte, a todos aquellos "espléndidos domingos que pudieron haber sido, y no fueron, los recuerdos mejores" de los 28 o de los 30 años.
Lentas y grises iban transcurriendo
las horas. Allá lejos, más allá
de San Miguel de Izaga y del Alto de Loiti,
estaban los hayedos, los senderos, los sarrios,
los ibones, los altos neveros deslumbrados:
el reino incandencente que a ti te daba igual
llamar Felicidad o Pirineo.
Y tú mirabas cómo iba cediendo el día,
cómo se te escapaba otro domingo
como uno de esos trenes que van hacia otra vida.
(En la imagen, S. avanza sobre las huellas que han dejado unos esquiadores en el collado de Linza. Fue un sábado de hace ya varias semanas que seguramente le servirá para avivar las nostalgias de otros sábados y otros domingos futuros de horas "lentas y grises").
jueves, 10 de marzo de 2011
Pensamientos

Le preguntaron hace unos días a Edurne Pasaban en una magnífica entrevista en qué piensa cuando sube a la montaña. Esta fue su respuesta: “Pues en muchas cosas, y a veces en las cosas más simples. En el día a día, en por qué haces esto o lo otro. La gente cree que damos vueltas a las cosas más trascendentales cuando en realidad buscas recuerdos que te motiven: el día que llevaste a tu sobrino al colegio, el pote que compartiste con los amigos...”. También admitía que cuando realmente disfruta es en el camino hacia la cumbre, cuando ya sólo quedan diez minutos para alcanzar la cima.
(S asciende en la fotografía los diez metros que le faltan para llegar a la cima del Petrechema. A su espalda se dibuja la silueta de Lapaquiza y, al fondo, en el centro, la del Txamantxoia, una Montaña que debería escribirse siempre con mayúsculas).
viernes, 25 de febrero de 2011
La montaña y la vida

Hay quien sostiene que "la montaña es una alegoría muy evidente y simplificada de la vida". Es difícil resumirlo mejor.
(El montañero de la imagen es G., que desciende del Errozate con una sonrisa parecida a la de aquel que vuelve un viernes a su casa después de haber coronado felizmente una semana de tormentas repentinas y pendientes pronunciadas).
domingo, 26 de diciembre de 2010
Caminos nevados
B junto a la cumbre del Mendurro. Al fondo se adivina la cuenca de Pamplona, que estos días es además el valle que la nieve cubrió.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Caminos

Es importante saber a dónde conducen los caminos. Víctor Hugo lo ilustró muy bien en Los miserables: “Si el pastorcillo que servía de guía a Bulow, teniente de Blucher, le hubiese aconsejado que saliera por la selva encima de Frischemont, en vez de salir más abajo de Plancenoit, la forma del siglo XIX tal vez fuera distinta. Napoleón habría ganado la batalla de Waterloo. Por cualquier otro camino más arriba de Plancenoit, el ejército prusiano iba a salir a un barranco intransitable para la artillería, y Bulow no hubiera llegado”. Y después de describir el punto de inflexión que Waterloo introdujo en el devenir de la Humanidad, insiste: “Y se hicieron todas estas cosas, y estos reyes volvieron a subir a sus tronos, y el dueño de Europa fue encerrado en una jaula, y el antiguo régimen se convirtió en moderno, y toda la oscuridad y toda la luz de la Tierra cambiaron de sitio porque en la tarde de un día de verano un pastor dijo en un bosque a un prusiano: ‘Pasad por aquí y no por allí’”.
(La foto ilustra a un tiempo el espíritu y la letra de la cita: el letrero múltiple saluda al pie del Txangoa a los peregrinos que se dirigen a Roncesvalles a través del llamado camino de Napoleón)
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Un hada madrina

"En realidad, la Naturaleza es, en el mejor de los casos, otro nombre femenino que damos a la Providencia cuando no la tratamos muy en serio, un fragmento de mitología feminista. Hay una especie de cuento de hadas, más adecuado para contarlo al amor de la lumbre que en el altar, en el que lo que se llama Naturaleza puede ser una especie de hada madrina. Pero sólo puede haber hadas madrinas porque hay madrinas; y hay madrinas porque hay madre; y si hay madre, es porque existe un Padre".
(G. K. Chesterton, Autobiografía. G camina en la imagen hacia la cima del Irubelakaskoa. A su espalda, las sombras se extienden por la ladera del Gorramakil y el collado de Gorosti, que bien podría llamarse de la Providencia).
lunes, 20 de septiembre de 2010
Cosas de la cumbre
martes, 27 de julio de 2010
Idealistas e independientes

"Ser escalador significaba formar parte de una sociedad rabiosamente idealista e independiente, que pasaba inadvertida y era del todo ajena a la corrupción del mundo en general", dice Jon Krakauer al comienzo de su trepidante relato sobre la tragedia del Everest de 1996. Parece una reflexión sincera, pero quizá sea también una excusa y un deseo.
(En la imagen, A desciende del Espelunca enfrentado a la mole de la Ralla de Alano. Al fondo a la derecha, el Peñaforca)
martes, 29 de junio de 2010
Una talla más

"¿Qué busca el montañero en la montaña?", le preguntaron hace unos días en ABC a Miguel d'Ors. Esta fue su respuesta: "Se busca a sí mismo, pero con una talla más de la que tenía en la montaña anterior". El periodista también quiso saber cómo el poeta mantuvo la calma cuando hace veinte años se perdió en el monte. "Fueron cuatro días -respondió él-. Mantuve la calma porque era el único medio de no cometer errores que habrían sido funestos y porque a la sazón llevaba treinta años en el oficio. La esperanza la mantuve porque creo en Dios y pienso que, contemplado a la debida distancia, todo cuanto nos sucede es bueno".
(En la imagen -retrospectiva-, un montañero trata de encontrarse a sí mismo aporvechando un descanso en la subida al Bisaurín).
miércoles, 2 de junio de 2010
viernes, 21 de mayo de 2010
La luz del bosque
lunes, 3 de mayo de 2010
El Aleph

A veces las cumbres tienen algo de aquel Aleph que da título a uno de los cuentos de Jorge Luis Borges. El montañero disfruta con la recompensa inmediata del paisaje y con el sabor del esfuerzo, pero esas sensaciones conducen a otras y, como en aquella “esfera tornasolada” que podía descubrirse en la parte inferior de uno de los escalones que descendían al sótano de Carlos Argentino Daneri, “cada cosa” de la cima “es a la vez “infinitas cosas”: el recuerdo de las subidas anteriores, los planes amasados durante días, la amistad de los ausentes, la nueva perspectiva que adquieren los problemas de siempre, el asombro, la novedad, la nostalgia, el futuro, la gratitud, “el inconcebible universo”. Claro, que habría que ser Borges para explicarlo con palabras más precisas o más elocuentes: “Vi el populoso mar –escribió él de su Aleph–, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.
(En la imagen, J y G disfrutan de su pequeño Aleph montañero en la antecima de San Donato)
sábado, 14 de noviembre de 2009
El privilegio de la belleza

Matthew es el padre de las Cuatro hermanas Soames en la novela de Jetta Carleton. Es el maestro del pueblo y vive con su familia en una granja que le permite sentir los latidos del campo y de su propia vida. Una noche de verano, “atormentado por el insomnio”, se viste y sale en silencio de la casa. Cruza el patio, se adentra por la arboleda de los nogales, observa el reflejo de la luna en el arroyo y se acerca a “un trozo de terreno sólo útil para apacentar el ganado y que él raras veces visitaba”. Se abre paso entre la maleza y se detiene sorprendido al descubrir un espino blanco solitario y luminoso. Ni siquiera puede reprimir un silbido de admiración: “Se había olvidado de aquel árbol; nunca lo había visto florecido de aquella manera. Dio vueltas a su alrededor, maravillado. Al cabo de un rato, se apartó, se apoyó en otro árbol (parecía que todos los demás se hubiesen retirado a propósito) y contempló el brillo de la luna sobre el espino blanco. Hubiese brillado igual, quieto e impersonal, aunque él no hubiese estado allí. Pensó en toda la hermosura que podía pasar desapercibida y le complació haber tenido el privilegio de ver aquella. Con estas reflexiones sintió que había recibido una lección de humildad”. El roble de la imagen brillaba hace sólo unas horas junto a las ruinas de una vieja ermita, en los alrededores de Ayechu, en el valle de Urraúl Alto, perfectamente desapercibido. Ha sido una suerte haber tenido el privilegio de admirar su belleza otoñal y luminosa.




