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viernes, 20 de abril de 2012

Una vida valerosa



“Aquí ha vivido los últimos días de su vida valerosa”, dice el epitafio que recuerda al espeleólogo Marcel Loubens en un discreto rincón de la frontera navarra con Francia. El “aquí” es bastante preciso, ya que la placa se encuentra junto a la entrada principal de la sima de San Martín, una de las mayores cavidades del mundo. El ingeniero José Antonio Juncá Ubierna detalla en el libro Bajo el suelo de Navarra que la sima tiene un desnivel máximo de -1.342 metros y que el conjunto incluye más de 50 kilómetros de galerías y una sala, La Verna, donde cabría sin ningún problema el estadio de Reyno de Navarra. El complejo se encuentra bajo el macizo de Larra, en la cabecera del valle de Belagua, a ambos lados de la muga. La piedra caliza que lo acoge es del cretácico superior, lo que supone que ese intrincado laberinto de túneles, cavidades y ríos subterráneos se formó hace miles de años. Sin embargo, sólo ha pasado medio siglo desde que el interior de la sima empezó a ser conocido. Isaac Santesteban, uno de los pioneros de la espeleología en Navarra, ha explicado alguna vez que los franceses empezaron a trabajar en el subsuelo de Larra en 1900. Exploraron primero desfiladeros como el de Kakouetta y entre 1934 y 1939 llegaron en sus prospecciones a la parte alta del macizo. Durante los años de la II Guerra Mundial, con Francia ocupada por los nazis, las expediciones se sirvieron de la vertiente española. Poco después de la contienda se descubrió el acceso a la Sima de San Martín. Era 1950. Los espeleólogos Georges Lepineux, Max Cosyns y Ochialine se habían sentado a descansar en un rincón cercano a la frontera cuando vieron salir una corneja en pleno vuelo de lo que parecía un muro de piedra más o menos liso. Los tres especialistas sabían que las cornejas tienen la costumbre de anidar en grandes cavidades y se acercaron expectantes al muro. Encontraron un pozo que parecía bastante profundo y empezaron a descolgarse con el material que llevaban encima. Pero las cuerdas se les acabaron mucho antes de alcanzar el fondo. Con ayuda de una sonda calcularon que el suelo se encontraba a más de 300 metros de profundidad. En 1951 volvió a la boca un potente grupo francés del que formaban parte el vulcanólogo Haroun Tazieff y Marcel Loubens, un prometedor espeleólogo de 28 años que se había formado con el legendario Norbert Casteret. Utilizaron para el descenso una polea movida a pedales por la que hicieron pasar un cable de acero de cinco milímetros de grosor y 400 metros de longitud. Georges Lepineux fue el primero en introducirse por el agujero. Iba envuelto con un apretado correaje de paracaidista. Cuando pisó el suelo una hora y media después de haberse despedido de sus compañeros en el exterior, había pulverizado el récord mundial de descensos verticales: se encontraba a -346 metros. En la expedición que se organizó al año siguiente murió Marcel Loubens, el 15 de agosto de 1952. Aquel mismo día fue testigo de una de las grandes epopeyas del montañismo navarro: en torno a doscientos aficionados caminaron cerca de doce horas para asistir a misa y a la bendición de una estatua de San Francisco Javier en la Mesa de los Tres Reyes, no muy lejos de donde los compañeros de Loubens trataban inútilmente de izar su cadáver al exterior. Al final optaron por improvisar un mausoleo en el fondo de la cueva. Allí descansó el cuerpo hasta 1954. Loubens no es el único fallecido en la cavidad pirenaica. El 24 de julio de 1971 murió en el interior de la sima Féliz Ruiz de Arkaute Van der Stuken, belga y español, que se había formado en Lovaina y que había conocido a Loubens. También él tiene una placa junto a la entrada original de la cueva –desde 1960 hay otra­ mucho más cómoda– con un mensaje sugerente: “El eslabón no es nada, lo que cuenta es la cadena”.

lunes, 30 de noviembre de 2009

El palacio de Aizkolegi



Pedro Ciga lo mandó construir hace un siglo en la cima del monte Aizkolegi, a 842 metros de altitud, erguido sobre los valles de Bertizarana, Baztán y Bidasoa. En la actualidad, unos grandes letreros colocados por el Gobierno de Navarra recuerdan casi a voces que el edificio se encuentra en ruinas, y prohíben cualquier acercamiento. Sin embargo, es muy difícil sustraerse a la tentación. Junto a la vieja casa del guarda arranca una amplia escalera de trazado señorial. Algunos peldaños están cubiertos por el musgo y la hiedra, pero se iluminan con brillos antiguos, como de otra época, cuando el sol se abre paso en el horizonte tormentoso de Mendaur y Ekaitza. La entrada principal, todavía adornada por un porche de resonancias orientales, revela una arquitectura elegante y generosa: las recias balaustradas, los vistosos forjados, los atrevidos azulejos o las galerías que en otro tiempo se abrían a los hayedos interminables de las laderas hablan a la vez de un estilo caduco y de un espíritu magnánimo. Casi se puede escuchar un eco de voces animadas y melodías risueñas a través de las ventanas hoy cubiertas con planchas de madera. El punto más alto del palacio lo ocupa una pequeña terraza donde Pedro Ciga se sentaba con su catalejo a “descifrar los misterios de la naturaleza”, en palabras de José Antonio Perales.



El aislado palacete modernista bien podría haber sido un capricho de Lady Marchmain, un pasatiempo estival donde paliar los calores de la vieja y excesiva mansión familiar. No es difícil imaginarla leyendo un relato del padre Brown a la sombra de un haya centenaria mientras Sebastián Flyte y Charles Ryder degustan vinos añejos en la galería del Oeste (“Este es como una gacela que corre por el bosque”) y Cordelia espera impaciente a Julia en el collado de Plazazelai. Quizá lo mejor de un viejo palacio sea justamente eso: no tanto los recuerdos de quienes lo habitaron, sino las historias imposibles de quienes podrían haberlo hecho.

viernes, 3 de abril de 2009

Equilibrios sobre la historia



Irulegui es una cima próxima a Pamplona que se asoma a la vez a los valles de Aranguren, Izagaondoa y Egüés. Unas excavaciones recientes han sacado a la luz restos diversos de una historia que arranca en el primer milenio de la Edad del Hierro, cuando se levantó en la mismísima cumbre un oppidum o “poblado fortificado en altura” que llegó a ocupar una superficie de 20.000 metros cuadrados. A juzgar por el descubrimiento de algunas monedas y de una placa en bronce con una inscripción ibérica, aquel recinto tuvo su esplendor entre los siglos II y I antes de Cristo. Más aún, se cree que el oppidum de Irulegui fue una de las plazas principales de la comarca de Pamplona, según se explica en un panel próximo a la cima. Ya en la época del Imperio Romano, la fortaleza fue escenario de una de las batallas que libraron los partidarios de Pompeyo y Sertorio, “lo cual supuso su destrucción y abandono en beneficio de la naciente Pompaelo (Pamplona)”. Irulegui recuperó su importancia en la Edad Media con la construcción de un pequeño castillo. Se utilizaron para ponerlo en pie algunas piedras del antiguo poblado de la Edad del Hierro. El castillo de Irulegui –añade el panel– formaba parte de un sistema defensivo compuesto por pequeñas torres, cuya misión era hacer frente a las continuas incursiones árabes y francas que azotaron la comarca entre los siglos VIII y IX. El castillo fue derribado a finales del siglo XV “durante el proceso de conquista del Reino de Navarra por la Corona de Castilla”.

(En la foto, G trata de mantener el equilibrio sobre tres mil años de historia mientras la cuenca de Pamplona brilla al sol de la primavera recién estrenada)

domingo, 1 de febrero de 2009

Gorramendi



La maltrecha construcción de ladrillo que se asoma al collado de Iztulegi y que sirve de ocasional refugio a los pottokas es lo único que queda en pie de la base militar de Gorramendi, un conjunto de radares, antenas y edificios que los norteamericanos levantaron en la cabecera del valle del Baztán hace medio siglo. Eran los años de la guerra fría y Occidente se protegía por tierra, mar y aire de un posible ataque soviético. Gracias al llamado Pacto de Madrid (1953), España había accedido a albergar varias bases militares estadounidenses a cambio de las ayudas del Plan Marshall. Algunas acogieron guarniciones numerosas y aviones de combate de última generación, caso de Zaragoza, Torrejón de Ardoz o Morón de la Frontera. Otras, como la de Gorramendi, fueron estaciones de “alerta y control”, según la denominación oficial. En inglés, el nombre que recibió el destacamento navarro fue el de 877 Squadron Warning Control W-6. Abreviadamente, W-6. Las obras comenzaron en 1954 con la construcción de una carretera de once kilómetros que partía del puerto de Otxondo y terminaba en Gorramakil, la cima contigua a Gorramendi. Las excavadoras y algunas voladuras prepararon el terreno —56 hectáreas expropiadas previamente— para los edificios que se pusieron en pie, de una arquitectura tan desacostumbrada como su contenido. Las imágenes de la época muestran varios bloques aseados y rectilíneos que podrían ser tanto una sofisticada estación de radar como un hospital o una facultad universitaria. Las fotografías son hoy el único medio para hacerse cargo de cómo era la base americana porque en 1974, cuando se retiraron los últimos técnicos y soldados, las instalaciones fueron dinamitadas.

lunes, 14 de julio de 2008

La cordada



Podría decirse de Peter Habeler que es una referencia indispensable en la historia del montañismo, pero sería poco. Peter Habeler —que ensaya una sonrisa con aire tímido a la izquierda de la imagen— es el compañero que todos los alpinistas hubiesen querido tener a su lado en cualquier paisaje mínimamente vertical. Su nombre no es tan conocido como el de Reinhold Messner —a la derecha de la fotografía—, pero compartió con él varias gestas que luego alimentarían algunos de los clásicos de la literatura alpina, desde la cara norte del Eiger o el espolón Walker de las Grandes Jorasess hasta la pared sur del Dhaulagiri o el Everest sin oxígeno. En el libro Las grandes paredes, Reinhold Messner le dedicó unos párrafos que quizá le hacen justicia y que encierran algunas reflexiones muy útiles para muchos aspectos de la vida, incluido el montañismo. “La elección correcta del compañero para una determinada empresa alpinística constituye una condición previa básica para el éxito —escribió el pionero de los catorce ochomiles—. La confianza mutua tiene que ser muy grande; especialmente en los casos críticos, puede incluso depender de ella el hecho de salvar la vida. En mi carrera alpinística no he conocido hasta ahora a mejor compañero que Peter Habeler. Siempre nos hemos entendido estupendamente. La causa de ello no estriba únicamente en que Peter es un gran experto, que sus condiciones son siempre magníficas y que a mí me encanta su carácter, sino simplemente su modo de ser (…). En una ascensión, uno asume intuitivamente el liderazgo moral y/o el liderazgo físico. También con Peter y yo ocurre así, con la única diferencia de que esta situación cambia a menudo durante una misma escalada, y en cada momento asume la dirección de la cordada aquel de los dos que domina mejor la situación. En ello no se origina entre nosotros rivalidad alguna. Según como vayan desarrollándose las cosas, es uno y otro quien va delante (…). El hecho de que en cualquier momento sea el más fuerte quien asuma la dirección es, en el fondo, algo natural en toda relación entre seres humanos y viene dado por la naturaleza. Pero no es raro que suceda que la ambición del alpinista, el excesivo aprecio de sí mismo o el deseo de deslumbrar a los demás vengan a trastornar este orden natural y de ello se deriven situaciones peligrosas para la cordada o para toda una expedición. Estoy seguro, y muchas veces he observado esto en algunos de mis amigos y en mí mismo, de que el que lleva la delantera rinde más especialmente cuando se trata de asegurar al compañero. En el caso de Peter y yo, estos cambios de liderazgo se efectúan con tanta naturalidad que nunca hemos discutido sobre ello y probablemente por este motivo han tenido éxito la mayor parte de nuestras empresas”.

jueves, 10 de julio de 2008

El camino de Napoleón

El camino de Napoleón es una ruta alfombrada de hojas e historias que une la localidad francesa de Saint Jean Pied de Port con la colegiata de Roncesvalles. Miles de peregrinos a Santiago han pulido durante años su trazado exigente y silvestre, y han dejado un eco de voces en muchos idiomas. El nombre del itinerario se debe, al parecer, a algunos acontecimientos ocurridos hace 200 años. El 6 de febrero de 1808, 2.000 soldados a las órdenes del general D’Armagnac cruzaron la frontera por esa ruta y se alojaron en Roncesvalles antes de seguir su recorrido hacia Pamplona. No podían sospechar entonces que la guerra que estaban a punto de iniciar les iba a resultar tan adversa. Pero así fue: cinco años después, en 1813, los 35.000 hombres del mariscal Soult volvieron a Francia por el mismo camino, derrotados y exhaustos. En un rincón de la senda, cerca ya del collado de Lepoeder, descansan las ruinas de una vieja construcción. Son apenas un montón de piedras toscamente pulidas que buscan el abrigo de las hayas. Hay quien sostiene que allí durmió Napoleón cuando volvía vencido a París. Es un dato de difícil comprobación, pero no importa: paseantes, peregrinos, montañeros y vecinos lo han incorporado al acervo local sin mayores complicaciones. Quizá con el tiempo se añadan algunos detalles del tipo “Maldijo su suerte recostado en ese árbol” o “Juró venganza desde aquel barranco”.

sábado, 28 de junio de 2008

Las cruces de Montejurra

En Montejurra, los caminos conducen a la vez hacia la cumbre y hacia la historia. El 16 de noviembre de 1835 tuvo lugar en torno a la cima una batalla que enfrentó a las tropas del general Cristino Fernández de Córdova y a las que mandaba el general Eguía, uno de los militares carlistas de la primera hora. Cuarenta años más tarde, entre el 7 y el 9 de noviembre de 1873, ya en la tercera guerra, la montaña y sus alrededores fueron el escenario del formidable enfrentamiento que sostuvieron 17.000 liberales y 9.000 carlistas. La victoria fue para los segundos, animados por la presencia del pretendiente Carlos VII. A raíz de aquel desenlace, Montejurra se convirtió en la gran cita del carlismo: todos los años se celebraba una romería que terminaba junto a la ermita de San Ciprián y la gruta del Cristo negro. En los últimos años del régimen de Franco, el encuentro fue además uno de los pocos actos de oposición a la dictadura más o menos concurridos. En varias ocasiones se celebró de forma semiclandestina. La historia más reciente de Montejurra está marcada por los sucesos que tuvieron lugar durante la romería del 9 de mayo de 1976. El carlismo se hallaba dividido entonces entre los partidarios de Carlos Hugo de Borbón Parma —que pretendía reorientar el movimiento hacia el “socialismo autogestionario”— y la Comunión Tradicionalista Carlista. Los incidentes fueron la consecuencia de un montaje presuntamente diseñado por los servicios secretos españoles bajo el nombre de “Operación Reconquista”: se quería rescatar el nombre sagrado de Montejurra y se eligió a Sixto de Borbón-Parma, hermano de Carlos Hugo, como cabeza visible de todos aquellos que se sentían traicionados por la deriva ideológica del carlismo oficial. A la cita acudieron tradicionalistas de buena fe, pero también mercenarios y activistas de la ultraderecha que con el tiempo formarían parte del Batallón Vasco Español y de los GAL. El día de la romería, con el monte ocupado “militarmente” por las “tropas” de Sixto y una Guardia Civil sospechosamente pasiva, los enfrentamientos no se hicieron esperar. Hubo disparos junto al Monasterio de Irache y al lado de la cima, y el balance fue de dos muertos: Aniano Jiménez Santos y Ricardo García Pellejero.

sábado, 14 de junio de 2008

Penitente y montañero

El crucero de la fotografía se levanta a la entrada de Goñi y recuerda al penitente más austero y conocido del medievo foral. Es curioso: no hay ningún dato histórico sobre Teodosio de Goñi por mucho que Navarro Villoslada le diera un protagonismo destacado en los orígenes del Reino de Navarra, pero las referencias a su leyenda permiten hilvanar un documentado itinerario entre la localidad que le proporcionó el apellido y el santuario de San Miguel de Aralar, uno de los iconos del montañismo navarro. Hay decenas de versiones sobre lo ocurrido, pero todas igualmente inciertas. Se asume que los hechos tuvieron lugar en el siglo VIII, durante el reinado de Witiza. Los musulmanes avanzaban hacia el interior de la península y Teodosio marchó a la guerra dejando en Goñi a su joven esposa, Constanza de Butrón. Combatió con energía y destreza a los infieles y regresó a su tierra con ocasión de alguna tregua. Cerca ya del pueblo, en un paraje conocido como Errotabidea, un misterioso ermitaño encendió las dudas del guerrero a propósito de la fidelidad de Constanza. Teodosio apretó el paso y llegó a Goñi poco después del amanecer. Entró lleno de resolución y de celos a Larrañarenetxea, la casa familiar de su esposa, y distinguió en la penumbra de la alcoba los cuerpos de dos personas que dormían pacíficamente. Cegado por la ira, desenvainó su espada y los atravesó. Salió confuso y enfurecido a la calle y vio a Constanza, que volvía de la iglesia. “¿Quiénes eran entonces los que estaban en el dormitorio?”, le preguntó aturdido. “Eran tus padres —le explicó ella—. Como estaba muy sola, les propuse que se instalaran en nuestra casa”. Teodosio confesó su crimen al párroco de Goñi, Juan de Vergara, pero éste le remitió al obispo de Pamplona, que a su vez lo envió al Papa. El joven marchó decidido a Roma, donde el Sumo Pontífice le impuso como penitencia llevar una gruesa cadena ceñida a la cintura. Teodosio añadió a esa disposición la de vivir solo, entregado sin testigos a la reparación de su pecado. Malvivió durante siete años por las sierras de Andía y Aralar, hasta que un día sufrió el ataque de un dragón que escupía fuego por la boca. “San Miguel me valga”, exclamó el penitente ante aquella aparición súbita y terrible. Irrumpió entonces en la escena el mismísimo arcángel, que mató al dragón y soltó las cadenas de Teodosio. Éste, agradecido, levantó en aquel lugar una pequeña ermita, origen del actual santuario de Aralar. Así lo recuerda la inscripción que tiene grabada el crucero de la imagen: “El pueblo de Goñi, a don Teodosio, fundador de San Miguel in Excelsis”.

sábado, 3 de mayo de 2008

Una rutina milenaria

Estas ovejas recién esquiladas que el domingo pastaban tranquilamente en la cima de Kakueta emprenderán a la vuelta del verano una ruta de 131 kilómetros para cambiar las cumbres y los rigores del Pirineo por el paisaje quebrado y cálido de las Bardenas. Eduardo González, un auténtico profesional de las cañadas, suele decir que se trata de una “rutina milenaria”. Hace siglos, los ascendientes más lejanos del rebaño que aparece en la fotografía ya cubrieron ese recorrido: ascendieron fatigosamente el puerto de Las Coronas, dejaron atrás el portillo de Ollate sin interrumpir el sueño de San Virila, acompañaron con sus esquilas el gregoriano pujante de Leyre y puede que hasta llamaran la atención del joven Francisco de Javier, que contaba los rebaños desde el castillo familiar mientras sus hermanos mayores luchaban contra las tropas del duque de Alba. En el siglo XVII entraban anualmente a las Bardenas unas 300.000 ovejas. Hoy todavía lo hacen cerca de 20.000.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Una estatua en lo más alto

El 15 de agosto de 1952 tuvo lugar una de las epopeyas más entrañables del montañismo navarro. Se conmemoraba el 400º aniversario de la muerte de San Francisco Javier y varios socios del Club Deportivo Navarra alumbraron la idea de colocar una imagen del santo en el punto más alto de la Comunidad foral. La imagen se encargó al escultor Áureo Rebolé. Medía 2,10 metros y pesaba más de 200 kilos. Estuvo expuesta unos días en los jardines de Diputación y a finales de julio, seccionada en diez partes, se trasladó a Isaba en autobús de línea. La carretera terminaba entonces en la borda de Pedregón, al comienzo del valle de Belagua, y los encargados de montar la estatua iniciaron allí el ascenso hasta la cima de la Mesa de los Tres Reyes, a 2.434 metros de altitud. Llevaban herramientas, comida, cemento y tiendas de campaña. Las piezas de la imagen se subieron con ayuda de varios mulos, aunque uno de los animales tiró su carga a medio camino y otro se despeñó junto a la cueva de Anchomarro. “Era el que llevaba el vino”, solía lamentarse Áureo Rebolé, que también participó en la expedición. Ya en la cumbre, hizo falta casi una semana para reconstruir la figura. Obtenían el agua del ibón de Lhurs o de los neveros próximos. Una prolongada tormenta les obligó a estar dos días refugiados en una sima. El 15 de agosto, cuando todo estuvo listo, partió de Pamplona la gran expedición: cuatro autobuses de aficionados que llegaron el valle aún de noche. El grupo se puso en marcha a las cuatro de la madrugada. Los testigos recuerdan con emoción la larga hilera de linternas avanzando por el paisaje quebrado de Larra. El sacerdote Casimiro Saralegui celebró misa en la cima y bendijo la estatua. Nadie sospechaba que un rayo la haría pedazos muy poco después. La pequeña imagen de bronce que hoy preside la cumbre es una réplica de aquella y una herencia de tiempos magnánimos y quizá mejores.

lunes, 24 de marzo de 2008

La gran fuga

San Cristóbal es el más conocido de los montes que rodean la capital navarra. Tiene 892 metros y debe su nombre a una vieja ermita de la que solo queda un recuerdo “documental y erudito”, en palabras de Fernando Pérez Ollo. Al terminar la tercera guerra carlista (1872-1876) se empezó a construir en la cima un fuerte defensivo. El proyecto lo diseñó el ingeniero militar José de Luna y Orfila y fue un empeño faraónico y singular. Las obras concluyeron hacia 1910. El recinto estaba preparado para que 1.200 personas pudieran resistir un asedio de cuatro meses: tenía viviendas, varios depósitos de agua, un horno de pan, patios inmensos y galerías interminables, una capilla con planta de cruz griega y ochenta cañones capaces de barrer la Cuenca de Pamplona. El fuerte funcionó como penal militar entre 1926 y 1929, durante la dictadura de Primo de Rivera, y quedó convertido en prisión civil en 1934, en tiempos de la II República. En la guerra civil y los primeros años del franquismo fue una cárcel concurrida y siniestra. El monumento de la fotografía recuerda lo ocurrido el 22 de mayo de 1938. Casi 2.500 personas se hacinaban entonces entre sus muros. Un grupo de reclusos redujo a los vigilantes y 795 internos huyeron por el monte con la intención de llegar a Francia. Casi todos iban malvestidos, hambrientos y sin apenas orientación. En torno a 180 murieron a manos de las “fuerzas de recuperación” y 585 fueron capturados y devueltos al fuerte. Sólo tres de los fugitivos lograron cruzar la frontera. Se juzgó a los cabecillas en consejo de guerra y catorce de ellos fueron ejecutados aquel mismo verano en la Vuelta del Castillo, junto a la Puerta del Socorro de la Ciudadela. El juez Luis Elío, escondido desde el inicio de la guerra en un trastero de la Casa de Misericordia, escuchó y contó las catorce descargas. Años después lo contó en Soledad de ausencia. Entre las sombras de la muerte, un libro impresionante que se publicó en México. “Continúan los fusilamientos empezando el día —escribió—. Centellear fusilero, cegador de amaneceres; atronar de descargas que pregonan muertos infamantes (…). ¡Qué de cientos, de miles de asesinatos no habrá habido, y seguirá habiendo, en Navarra y en el resto de España!”.

miércoles, 5 de marzo de 2008

La tumba del aviador inglés

El 11 de noviembre de 1943, Donald Cecil Broadbent Walker cruzó el Canal de la Mancha a los mandos de su Mosquito con la misión de fotografiar objetivos militares en el sur de Francia, entonces ocupado por los alemanes. Mientras se dirigía al continente, el joven piloto quizá pensó en sus padres, en su hermano John David, en sus 28 años, en el futuro de Europa, en los planes que sin duda albergaría para después de la guerra. A.M. Crow viajaba con él como copiloto. Puede que intercambiaran algunas frases, que admirasen un paisaje, que rezasen, que se desearan suerte. Lo cierto es que el aparato fue alcanzado por la artillería antiaérea nazi. Pusieron rumbo a España y lograron atravesar los Pirineos. El copiloto saltó en paracaídas y cayó cerca de Sos del Rey Católico, pero Donald no pudo abandonar la cabina y se estrelló en el monte Verduces. Los vecinos de Peña salían de misa en ese momento -estaban celebrando a su patrón, San Martín de Tours- y asistieron asombrados al desenlace. Algunos corrieron al lugar del accidente, pero no pudieron hacer nada por el piloto. Horas después lo enterraron en el pequeño cementerio de la localidad, que se encontraba y se encuentra junto a la cima del monte Peña. Con los años, los vecinos fueron abandonando el pueblo. Hoy es apenas un conjunto de casas arruinadas que se aferran a una ladera rocosa, a 1.070 metros de altitud. Hace años que nadie vive allí, aunque se han restaurado la iglesia y una casa. Un estrecho camino de montaña conduce al viejo cementerio, oculto por la vegetación. En su interior conviven algunas estelas, varias losas con las letras desdibujadas, un par de crucifijos oxidados y una lápida escrita en inglés: la del piloto Donald Cecil Broadbent Walker. Es la que aparece en la esquina inferior de la imagen. Todos los años, el 1 de noviembre, los montañeros de Sangüesa la adornan con unas flores.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Una de romanos

Se cree que los restos del torreón que corona la cumbre del Urkulu (1.438 metros) pertenecen a un trophaeum erigido por Pompeyo en el 75 antes de Cristo. La cima separaba ya entonces Hispania de las Galias y el monumento era visible desde la gran vía romana que unía Burdeos con Astorga pasando por Aquae Tarbellicae (Dax) y Pompaelo (Pamplona). La historiadora María Ángeles Mezquíriz tiene escrito que los generales de Roma levantaron este tipo de torreones con cierta frecuencia en tiempos de la República, aunque sólo unos pocos han llegado hasta nuestros días. Los más significativos –añade– son el de La Turbie, en los Alpes marítimos, y Adamklisi, en Rumanía. A su juicio, el de Urkulu es un monumento "probablemente único" que ha resistido de forma "milagrosa" el paso de los siglos. En 1989, unas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en las inmediaciones sacaron a la luz clavos, balas de plomo, varios botones de cobre de uniformes militares con la inscripción Republique Française y ocho monedas de Carlos VII de Navarra (IV de España). La silueta que en esta fotografía se recorta sobre el trophaeum romano es la de I, que desafió al viento enfurecido de aquel día para encaramarse con soltura y desparpajo sobre veinte siglos de historia.

viernes, 15 de febrero de 2008

El pueblo de un torero

Las ruinas de Muguetajarra se esconden en la ladera más umbría y discreta de Peña Izaga. Se puede acceder al despoblado por la pista que nace en Urbicáin y atraviesa la finca forestal de Izánoz, o por la que procede de Celigüeta y Guerguitiáin. Es imposible sospechar que entre los muros colonizados por la hiedra, quizá en alguna de las casas aún enteras que sirven de ocasional refugio al ganado, nació en 1910 un torero que tiene entrada propia en el Cossío. Se llamaba Miguel Olza, pero se incorporó a los carteles con el sobrenombre de Vaquerín. Toreó su primera corrida en Talamanca de la Sierra (Madrid) en 1924 y trasteó después con más entusiasmo que estilo en varias plazas de tercera, hasta que un toro lo empitonó mortalmente en Calasparra (Murcia), el 30 de julio de 1931. Su trágica muerte no impidió que la enciclopedia taurina resumiera su trayectoria en términos que quizá se ajusten a lo que hubo, pero que hoy se antojan crueles: "Aunque murió muy joven, sus condiciones y su estilo no auguraban, ni mucho menos, una gran figura".

martes, 12 de febrero de 2008

Una cima subterránea

La puerta desvencijada de la fotografía es un trasunto perfectamente real de la entrada a las minas de Moria: no hay que buscarla en las páginas de El Señor de los Anillos sino en el barranco de Arphidia, cerca del pueblo francés de Saint Engrace. Detrás de la puerta arranca un túnel oscuro y húmedo de 800 metros de longitud que conduce a la sala de La Verna, una de las mayores cavidades subterráneas del mundo. Tiene 270 metros de longitud, 230 de anchura y 180 de altura. Hay incluso quien la ha recorrido en un globo aerostático. Una ruidosa cascada proporciona al recinto una ininterrumpida banda sonora. La Verna es como el corazón de la sima de la Piedra de San Martín, un complejo subterráneo que suma 56 kilómetros de galerías. La entrada natural a la sima fue descubierta en 1950 por los espeleólogos franceses Georges Lepineux, Max Cosyns y Occhiliani, pero se trata de un acceso muy complicado: es preciso descender por un pozo vertical de 312 metros para llegar al fondo. En 1954, la Compañía Eléctrica de Francia se propuso aprovechar el río subterráneo que recorría la sima para crear un salto de agua. Fue entonces cuando se construyó el túnel que empieza en la puerta de la imagen. Hasta hace poco era el único acceso para llegar a las entrañas de la sima de San Martín. Y como escribió Jacques Jolfre, autor de varios libros sobre los paisajes verticales del Pirineo y sobre las cavidades que se esconden bajo la cordillera, “la Piedra de San Martín es a los espeleólogos lo que la Meca a los musulmanes”.

lunes, 4 de febrero de 2008

Un camino con historia

En estos tiempos de señales homologadas y minimalistas, casi se agradecen las piedras que anuncian los distintos caminos de Quinto Real. Son rotundas e inamovibles, pero su elegante tipografía y su textura milenaria les confieren un aspecto entrañable, como si siempre hubiesen estado allí. Esta de la fotografía conduce a Zuraun, donde hay una cabaña de ciertas pretensiones arquitectónicas que ofrece refugio a guardas, cazadores y montañeros. Más de un paseante desprevenido ha amortiguado los rigores del invierno en la acogedora chimenea del interior. Pero también ha tenido visitantes ilustres: el incombustible Manuel Fraga ha contado en alguna ocasión que en 1968, siendo ministro de Información y Turismo, buscó la soledad de Quinto Real para preparar el discurso que debía pronunciar con ocasión de la independencia de Guinea Ecuatorial. Y precisó que había escrito aquellos folios en una cabaña rodeada de hayas, que muy bien podría ser la de Zuraun. El discurso puede encontrarse en Internet. Lo leyó el 12 de octubre de 1968 en Santa Isabel de Fernando Poo, en nombre de Franco. El primer párrafo decía así: "Esta mañana hemos hecho una cosa muy importante. Hemos formalizado en común el nacimiento de un nuevo Estado, hemos coronado juntos una obra que juntos habíamos emprendido. Conmigo, porque yo tengo el honor de representarle, habéis dado feliz cumplimiento en efecto al último encargo que Su Excelencia el Jefe del Estado español podía poner en vuestras manos: perfeccionar la construcción de vuestra libre independencia, libre, plena y soberana". Impresiona pensar que aquellas frases para la historia se fraguaron entre el Adi y el Okoro, mientras la berrea rompía el silencio del bosque y los cazadores afilaban sus escopetas en las palomeras de Enekorri.