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viernes, 20 de abril de 2012

Una vida valerosa



“Aquí ha vivido los últimos días de su vida valerosa”, dice el epitafio que recuerda al espeleólogo Marcel Loubens en un discreto rincón de la frontera navarra con Francia. El “aquí” es bastante preciso, ya que la placa se encuentra junto a la entrada principal de la sima de San Martín, una de las mayores cavidades del mundo. El ingeniero José Antonio Juncá Ubierna detalla en el libro Bajo el suelo de Navarra que la sima tiene un desnivel máximo de -1.342 metros y que el conjunto incluye más de 50 kilómetros de galerías y una sala, La Verna, donde cabría sin ningún problema el estadio de Reyno de Navarra. El complejo se encuentra bajo el macizo de Larra, en la cabecera del valle de Belagua, a ambos lados de la muga. La piedra caliza que lo acoge es del cretácico superior, lo que supone que ese intrincado laberinto de túneles, cavidades y ríos subterráneos se formó hace miles de años. Sin embargo, sólo ha pasado medio siglo desde que el interior de la sima empezó a ser conocido. Isaac Santesteban, uno de los pioneros de la espeleología en Navarra, ha explicado alguna vez que los franceses empezaron a trabajar en el subsuelo de Larra en 1900. Exploraron primero desfiladeros como el de Kakouetta y entre 1934 y 1939 llegaron en sus prospecciones a la parte alta del macizo. Durante los años de la II Guerra Mundial, con Francia ocupada por los nazis, las expediciones se sirvieron de la vertiente española. Poco después de la contienda se descubrió el acceso a la Sima de San Martín. Era 1950. Los espeleólogos Georges Lepineux, Max Cosyns y Ochialine se habían sentado a descansar en un rincón cercano a la frontera cuando vieron salir una corneja en pleno vuelo de lo que parecía un muro de piedra más o menos liso. Los tres especialistas sabían que las cornejas tienen la costumbre de anidar en grandes cavidades y se acercaron expectantes al muro. Encontraron un pozo que parecía bastante profundo y empezaron a descolgarse con el material que llevaban encima. Pero las cuerdas se les acabaron mucho antes de alcanzar el fondo. Con ayuda de una sonda calcularon que el suelo se encontraba a más de 300 metros de profundidad. En 1951 volvió a la boca un potente grupo francés del que formaban parte el vulcanólogo Haroun Tazieff y Marcel Loubens, un prometedor espeleólogo de 28 años que se había formado con el legendario Norbert Casteret. Utilizaron para el descenso una polea movida a pedales por la que hicieron pasar un cable de acero de cinco milímetros de grosor y 400 metros de longitud. Georges Lepineux fue el primero en introducirse por el agujero. Iba envuelto con un apretado correaje de paracaidista. Cuando pisó el suelo una hora y media después de haberse despedido de sus compañeros en el exterior, había pulverizado el récord mundial de descensos verticales: se encontraba a -346 metros. En la expedición que se organizó al año siguiente murió Marcel Loubens, el 15 de agosto de 1952. Aquel mismo día fue testigo de una de las grandes epopeyas del montañismo navarro: en torno a doscientos aficionados caminaron cerca de doce horas para asistir a misa y a la bendición de una estatua de San Francisco Javier en la Mesa de los Tres Reyes, no muy lejos de donde los compañeros de Loubens trataban inútilmente de izar su cadáver al exterior. Al final optaron por improvisar un mausoleo en el fondo de la cueva. Allí descansó el cuerpo hasta 1954. Loubens no es el único fallecido en la cavidad pirenaica. El 24 de julio de 1971 murió en el interior de la sima Féliz Ruiz de Arkaute Van der Stuken, belga y español, que se había formado en Lovaina y que había conocido a Loubens. También él tiene una placa junto a la entrada original de la cueva –desde 1960 hay otra­ mucho más cómoda– con un mensaje sugerente: “El eslabón no es nada, lo que cuenta es la cadena”.

sábado, 4 de febrero de 2012

Dos montañeros

Han sido dos sabios, dos maestros, dos periodistas y dos montañeros. Y sobre todo, dos amigos. La misma enfermedad se los ha llevado en Pamplona con apenas tres meses de diferencia. Fernando Pérez Ollo falleció el 18 de octubre de 2011, a los 73 años. “¡Qué duro es que se te muera un amigo!”, confesó aquel día Alfonso Nieto, ya limitado por el cáncer y los tratamientos. Desde el jueves pasado, vuelven a estar juntos.

Maestro de varias generaciones de periodistas, a Alfonso Nieto es difícil recordarle sin el “Don” que añadieron a su nombre los años de rector de la Universidad de Navarra. No era un catedrático al uso: dirigió 23 tesis doctorales, sí, y emprendió proyectos audaces y magnánimos, guiado a veces por intuiciones perspicaces que luego resultaron premonitorias, pero mostraba el mismo entusiasmo al referir las peripecias empresariales de Katherine Graham que al describir las circunstancias que alumbraron el Álbum Blanco de los Beatles. Todo le parecía interesante: los entresijos de una fusión empresarial, los capitales románicos de cualquier iglesia de la Valdorba, un carrillón desportillado, un viejo camino para llegar al Ireber o el último disco de Arcade Fire. Sin embargo, esa inquietud enciclopédica era más bien la superficie: quienes le han conocido quizá recuerden estos días su erudición, sus desvelos intelectuales o su serenidad a prueba de bombas –en sentido estricto–, pero lo que todos le han agradecido por encima de cualquiera de esas cualidades ha sido su cariño, su entrega a los demás, sus detalles, su sonrisa indesmayable.

Fernando Pérez Ollo era uno de sus grandes amigos. También él fue profesor en la Universidad de Navarra, y también dispuso de una inteligencia privilegiada que cultivó con esmero. Como Don Alfonso, era capaz de hablar de tú a tú con un académico de la Lengua, con un pastor curtido por todos los vientos de la Bardena o con el último becario llegado a la redacción de Diario de Navarra, donde trabajó desde el 28 de diciembre de 1963 hasta poco antes de su muerte.

La crítica musical fue quizá su especialidad más constante, aunque escribió crónicas de todos los calibres, entrevistas memorables, reportajes de calado etnográfico y cientos de editoriales. Era capaz de encontrar seis adjetivos para describir el lamento melancólico de un violín y de desvelar, en la página de al lado, el nombre y apellidos de la mujer que inspiró al autor del Monumento a los Fueros.

Don Alfonso y Fernando compartían una curiosidad insaciable que les llevaba a intercambiar libros, fichas y referencias de todo tipo. Se escribían o se llamaban para hacerse partícipes de sus pequeños o grandes hallazgos, siempre con un entusiasmo que los años o la distancia nunca lograron empañar. Disfrutaban con una anotación descubierta en el Archivo Diocesano, con una versión inesperada del Stabat Mater o con un párrafo lapidario de Le Monde. Y también con una comida en Napardi o con una excursión al Burdindogui. Lo más preciso sería decir que disfrutaban con su amistad.

Eran dos montañeros ejemplares. “Para mí, ir al campo es ir al terreno donde se ha desarrollado una historia”, solía comentar Fernando. Su afirmación tenía el aval de las miles de horas que había invertido en todos los archivos posibles y el poso de las conversaciones que había encadenado por la geografía foral con pastores, camineros, curas o jubilados. En Muguetajarra, un remoto despoblado que se esconde en la ladera oriental de Peña Izaga, cualquiera puede admirar todavía las ruinas de tres o cuatro casas y una pequeña iglesia invadida por la maleza. Fernando Pérez Ollo sabía además que el templo estaba dedicado a San Pedro Mártir, que allí estuvo de párroco un hermano de Espoz y Mina o que en el pueblo nació un novillero –Miguel Olza, Vaquerín– que aparece en el Cossío y que murió en 1931 a consecuencia de la cornada que le propinó un astado en Calasparra (Murcia).

-¿Algún paisaje al que le tenga especial afecto? –le preguntaron una vez.

-Me encanta un viejo camino real que va de Ardaiz a Espoz. Cae a trasmano de todo, pero es un lugar precioso. Otro camino muy bonito era el que iba de Azpirotz a Gorriti. Hoy ha quedado muy afectado por la autovía.

Él y Don Alfonso compartieron cientos de excursiones por Navarra, y conocían todos los valles y casi todas las cumbres, pero también las regatas, las bordas, las veredas y las pistas. Sabían donde encontrar perretxikos bien entrado junio, eran capaces de identificar un cantadero de urogallos, habían admirado juntos la convivencia forestal de hayas y abetos, y podían estar saliendo decenas de domingos sin repetir un solo recorrido.

Don Alfonso, rector de la Universidad de Navarra en una etapa muy complicada –de 1979 a 1991–, se escapaba con frecuencia para airear sus preocupaciones a la sombra de unos robles o junto a un arroyo cantarín. “Solía decir que las soluciones a muchos problemas las resolvía pensando bajo las hayas y al calor del otoño”, ha escrito de él José Javier Uranga, Ollarra, otro de sus grandes amigos.

Eran capaces de llegar al Ezpondarri por tres vías diferentes y disfrutaban con las vistas imponentes que ofrece la Peña Oroel o con el camino sembrado de bojes que sube a Larrogain. “Ahora hay mucha gente que sale, pero siempre a los mismos sitios –se quejaba en alguna ocasión Fernando–. Hay pocos que sepan dónde está Usumbeltz, o cuántas Artetas hay en Navarra, o cuántos Gorraiz, y dónde se encuentran”.

Ellos nunca dejaron de salir, de buscar, de disfrutar. Sus excursiones era alegres y en ocasiones intrépidas, y siempre les fueron aproximando a la cumbre definitiva: la que ahora comparten felices y descansados. Es fácil imaginarlos juntos y risueños, confrontando sus recuerdos, poniéndose al día de las últimas novedades, degustando quizá un bocadillo de sardinas Miau mientras admiran el paisaje de la eternidad, donde ya no hay lunes que valga.

jueves, 6 de octubre de 2011

Arriel



Una parada contemplativa en el descenso del Arriel. Enfrente, dominando el horizonte más próximo, el Lurien. Cerca del ibón que se ve a la derecha falleció en 1995 Jesús Vázquez.

martes, 19 de octubre de 2010

Recuerdo



Gracias a la iniciativa de su familia y de sus amigos, el recuerdo de Mikel Adanez ha quedado unido para siempre al paisaje que se extiende a los pies del Calveira, en el prepirineo roncalés.

lunes, 25 de enero de 2010

In memoriam



Un sencillo monumento recuerda en la cima del Legate al montañero baztanés Gerardo Plaza Tuñon, fallecido en 1980, a los 27 años. Fue uno de los pioneros del Sakhaur, donde sobrevivió a la caída que se llevó a Leandro Arbeloa, y en 1979 conquistó la cima del Dhaulagiri, el primer ochomil del montañismo navarro.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Hambre, cimas, recuerdos


El 31 de agosto, la organización no gubernamental Acción contra el Hambre promovió una ascensión solidaria al Petrechema. La iniciativa tenía un doble objetivo: llamar la atención sobre los 854 millones de personas que todos los días pasan hambre y servir de homenaje a Iñaki Ochoa de Olza, que fue uno de los impulsores de la idea, y que falleció en el Annapurna el pasado 23 de mayo. Más de 150 montañeros compartieron la subida, según contó en la prensa el periodista Josetxo Imbuluzqueta, que también estuvo. Todos disfrutaron del paisaje que brinda la cima y del sabor de una causa justa. Junto al Petrechema se encuentra la aguja norte de Ansabere, un inmenso y afilado bloque de piedra sólo apto para escaladores con experiencia. Allí falleció el 23 de julio de 1989 Rafael Goñi Erice, un gran amigo de Iñaki. Quince días antes, los dos habían completado juntos la pared principal del Naranjo de Bulnes. El accidente se produjo al desprenderse el bloque de piedra al que estaba amarrada la cuerda. “Decenas de personas habíamos hecho esa vía, pero el bloque se le desprendió a él”, explicó alguna vez Iñaki, sin sospechar que veinte años después tantas personas se reunirían a muy pocos metros para recordarle a él de forma póstuma. En la foto, I contempla el perfil intimidatorio del Petrechema y de la aguja norte de Ansabere desde del camino que desciende de la Mesa de los Tres Reyes.

domingo, 25 de mayo de 2008

Abrir huella

El collado sur del Everest es una plataforma exigua e inhóspita donde las expediciones toman el último aliento antes de asaltar el techo el mundo. Se encuentra a 7.986 metros de altitud. El frío y la falta de oxígeno obligan a dosificar muy bien todos los esfuerzos. El 24 de septiembre de 1992, cuando ya oscurecía, se reunieron allí cerca de una treintena de montañeros de diferentes países. Unos y otros se instalaron en sus minúsculas tiendas de campaña y compartieron un poco de té, unas pastillas de chocolate o unas galletas mientras buscaban algo de calor en sus sacos de pluma. Apenas tenían unas horas para descansar. Las últimas luces auguraban buen tiempo para el día siguiente.

Iñaki Ochoa de Olza esperaba en su tienda con una mezcla de vértigo e ilusión, como todos los demás. Tenía entonces 24 años y sus dos expediciones al Himalaya —Kangchenjunga y Makalu— se habían resuelto sin el premio de la cima. “La montaña es un camino a seguir en la vida”, había explicado a los periodistas antes de partir de Pamplona rumbo al Everest. No era una afirmación pretenciosa sino un resumen del rumbo que ya empezaba a tomar su biografía. En aquel momento, Iñaki conocía perfectamente los Pirineos y los Alpes, y había completado varias vías muy meritorias en Yosemite, un paraíso para los aficionados a la escalada. También había convivido de forma estrecha con la tragedia. El 23 de julio de 1989 murió en las agujas de Ansabere su amigo Rafael Goñi Erice. Dos semanas antes, los dos se habían enfrentado con destreza y desparpajo a la pared principal del Naranjo de Bulnes, en los Picos de Europa. Y el 30 de mayo de 1990 falleció en el Meru Nord, en el Himalaya de la India, su admirada Miriam García Pascual, de quien había aprendido mucho —según contaba—, tanto en lo deportivo como en lo personal. “¿Has pensado en la posibilidad de sufrir un accidente mortal en la montaña?”, le habían preguntado en una entrevista a Miriam poco antes de su fallecimiento. “Es algo que tengo completamente asumido —respondió—. No tengo asumido el dolor que eso pueda causar a la gente: eso es lo que me da más miedo”. Iñaki Ochoa de Olza hizo suya aquella contestación y la repetía con las mismas o parecidas palabras cuando alguien le recordaba el riesgo creciente que iban acumulando sus andanzas por el Himalaya.

Sin embargo, aquel 24 de septiembre de 1992 sólo había motivos para el optimismo. A las doce de la noche, Iñaki salió de su saco de dormir, se calzó las botas y fue repasando el equipaje medido y escaso que llevaría en la mochila. En el exterior de la tienda, las voces en distintos idiomas se mezclaban con el tintineo de los mosquetones y el crujido del hielo bajo las puntas afiladas de los crampones. Con él intentarían la cima Juan Mari Eguíllor, Pitxi, un veterano del montañismo navarro, y Patxi Fernández Elizalde, un arquitecto que trabajaba entonces en el Gobierno de Navarra. Los tres formaban parte de la expedición Bex Everest 92, un grupo con relativa experiencia en Nepal que se había consolidado con ocasión de un asalto anterior al Cho Oyu. Subiría además con ellos el sherpa Ang Rita, el mismo que en 1979 había acompañado al equipo dirigido por Gregorio Áriz hasta la cima del Dhaulagiri, el primer ochomil del alpinismo foral.

El Dhaulagiri… Como tantos otros adolescentes que empezaban a descubrir la montaña, Iñaki vibró con aquel triunfo colectivo: asistió a las sucesivas proyecciones del documental que grabaron los pioneros del Himalaya, hojeó con unción las páginas del libro editado por la Caja de Ahorros y siguió con interés las andanzas sanfermineras de Ang Rita, que fue invitado a conocer Pamplona entre el 7 y el 14 de julio de 1980. Con apenas trece años, no podía sospechar que aquellas celebraciones y aquellos episodios eran en realidad los cimientos de su futura trayectoria en las grandes cumbres del mapamundi. Menos aún podía imaginar entonces que Ang Rita –un nepalí sonriente y enjuto que se negó a subir a cualquier ascensor mientras permaneció en Pamplona— acabaría compartiendo con él los últimos metros del Everest.

Hubo un cierto momento de indecisión y egoísmo en aquella medianoche ya lejana del collado sur. El Everest se encontraba a sólo unas horas, pero había que avanzar hacia la cumbre sobre un manto de nieve espeso e incómodo. Había por tanto que abrir huella, y nadie quería asumir ni la responsabilidad ni el desgaste que eso suponía. “Estaba todo el mundo atento, a la espera de que alguien se arrancase”, contaría después Patxi Fernández. Y en aquella tesitura, fue Iñaki Ochoa de Olza quien acabó tomando la iniciativa: “No me importó —relataría en una entrevista, ya de vuelta en Pamplona—. Me sentía seguro, muy fuerte y con una confianza plena en nuestras posibilidades”. Le movían su excelente preparación física y su deseo de alcanzar la cumbre, pero toda la historia del montañismo foral le empujaba de algún modo hacia arriba: había habido alpinistas navarros en la expedición vasca al Everest de 1980 y en un proyecto patrocinado por Televisión Española en 1987, Mari Abrego y Josema Casimiro lo habían intentado hasta en cuatro ocasiones con distintos compañeros de viaje, y Juanjo Navarro se había dejado la vida junto al collado norte en 1985. Probablemente, Iñaki recordaría esos antecedentes frustrados mientras se dirigía pletórico hacia la cumbre. El Everest estaba ahí, a la vuelta de la esquina. Era su cima y era además el final de un recorrido que había empezado medio siglo antes, cuando los primeros socios del Club Deportivo Navarra se asomaban a la barandilla de la Media Luna y elegían sus objetivos en el horizonte quebrado de la cuenca. “Era impresionante verle abrir huella en la nieve”, resumirían después la escena Patxi Fernández y Juan Mari Eguíllor.

Pero hubo un contratiempo. Iñaki se había colocado la linterna frontal por encima de las gafas de altura y, como no acababa de ver bien, se quitó momentáneamente las gafas. “Aquello fue lo que me perdió —explicaría después—. Había mucho viento. Me daba por el lado izquierdo y se me empezó a helar el cristalino. Al principio empecé a ver como una niebla en vez de las estrellas que hasta entonces había tenido por encima. Pensé que qué mala suerte. Pronto me di cuenta de que aquello era cosa de mi ojo”. Un poco más adelante, la “niebla” se convirtió en una oscuridad casi total en el caso del ojo izquierdo. Se encontraba a 8.500 metros de altitud y la cima estaba muy próxima, pero Iñaki sabía que la lesión del cristalino sólo se iba a reducir si perdía altura y se protegía del frío. Y eso fue lo que hizo.

Patxi Fernández y Juan Mari Eguíllor continuaron hacia el escalón Hillary —la última dificultad técnica del recorrido— y alcanzaron la cumbre a las 15.00 horas. Eran los primeros navarros que coronaban el Everest. Poco después se les unieron los hermanos Félix y Alberto Iñurrategi. Era ya demasiado tarde y todos emprendieron el descenso tras intercambiar apresuradamente fotos y abrazos. A Juan Mari Eguíllor también se le empezó a helar el cristalino y, como ya anochecía, optaron por hacer un vivac a 8.700 metros, una altitud en la que cada minuto es una cuestión de estricta supervivencia. En cuando hubo algo de luz reemprendieron la marcha. Llegaron absolutamente desfondados al campamento base, con congelaciones muy serias en las manos y en los pies. Allí se reencontraron con Iñaki Ochoa de Olza, que ya había empezado a recuperar la visión en el ojo izquierdo y que se desvivió por sus compañeros hasta que un helicóptero los trasladó a Katmandú. “Estuvo junto a nosotros todo el rato —explicaron después—. Nos hablaba, nos daba agua, nos ponía bien las mascarillas… Fue maravilloso”. El buen tiempo se mantuvo y los otros tres miembros de la expedición navarra (Pedro Tous, Juan Tomás y Mikel Repáraz) organizaron un segundo asalto a la cima que también se saldó con éxito. Todos volvieron a casa con la cumbre, salvo Iñaki.

Lo sucedido hace 16 años en el Everest revela el potencial físico que ya entonces albergaba Iñaki de Ochoa de Olza, y dice mucho de su prudencia o de su carácter generoso. Pero hay más: el episodio ayuda a entender el modo en que se fue encadenando su trayectoria deportiva a partir de aquel momento y explica la epopeya de estos últimos días en el Annapurna. Cuando aquel 25 de septiembre de 1992 Iñaki se dio la vuelta después de haber estado abriendo huella para sus compañeros y para todos los que venían detrás, en realidad estaba inaugurando la ruta que le ha permitido conquistar doce de los catorce ochomiles y el cariño de tantos alpinistas de todo el mundo.

Hace año y medio, con ocasión de la muerte de cuatro montañeros navarros en el Pirineo, Iñaki Ochoa de Olza expuso algunas reflexiones sobre el altísimo tributo que se cobran las cumbres y sobre su propia relación con el riesgo. Decía entonces que el afecto o la amistad que le unían a determinadas personas se asentaban en buena medida en su afición al monte: “Me quieren como soy. Y soy como soy porque voy al monte”.

En el campo base del Annapurna, a muy pocos metros de donde ha fallecido, hay una piedra que tiene grabado un proverbio sánscrito. Lo esculpió un cantero nepalí por encargo de la madre de Alex McIntyre, un montañero británico fallecido en el Annapurna en 1982. El proverbio dice así: “Es mejor vivir un día como un tigre que cien días como un cordero”. A Iñaki Ochoa de Olza le gustaba mucho la frase, seguramente porque era un resumen de su propia vida. “Los alpinistas no vamos al monte a matarnos –afirmó en una entrevista—. Vamos en busca de vida, de energía. A mí me encantaría que el riesgo de accidentes se redujera a cero, pero a la vez tengo muy claro que prefiero vivir como un tigre. Prefiero una vida intensa, plena y llena de vida a pasar durante años y años sin pena ni gloria”.

(Publicado en Diario de Navarra el 25 de mayo de 2008)

sábado, 24 de mayo de 2008

Cumbres y cruces

Una de las poquísimas cruces que han sobrevivido a la turbulenta historia de Afganistán se encuentra junto a la cima del Sakhaur (7.116 metros), una de las montañas más atractivas de la cordillera del Hindu Kush. Una expedición navarra coronó la cima en 1976, cuando aún faltaban dos años para que los primeros tanques soviéticos entraran a Kabul. Formaban el grupo Javier Garreta, Gregorio Áriz, Leandro Arbeloa, Javier Garayoa, Trini Cornellana, Julián Lasterra, Julián Ayúcar, Gerardo Plaza, Abel Alvira, Iñaki Aldaya y Javier Pastor. Diez de los once montañeros pudieron hacer cumbre, pero en el descenso se produjo un accidente fatal: la cordada formada por Leandro Arbeloa y Gerardo Plaza patinó en el hielo y se precipitó por un cortado. Leandro falleció al golpearse violentamente la cabeza y Gerardo quedó malherido. El traslado del cadáver era imposible y los alpinistas optaron por enterrarlo en la ladera de la montaña. La cruz que improvisaron con su piolet quedó como único distintivo de la tumba. Hay cientos de cruces en muchas otras montañas de todo el mundo. Esta de la fotografía se encuentra en el Balerdi y hoy quiere recordar a Iñaki de Ochoa de Olza, fallecido en el Annapurna, a 7.500 metros de altitud, muy cerca del cielo.

jueves, 17 de abril de 2008

Homenaje póstumo

Se llamaba José Ciganda y falleció en Ituren el 8 de noviembre de 1930. Tenía 16 años. Para descubrir la vieja cruz que lo recuerda es preciso confundir los caminos que descienden del Mendaur. La cruz se encuentra junto a una senda antigua e infrecuente, cerca de un arroyo cantarín y de un hayedo sombrío y entrañable. La sencilla placa no dice nada más, pero casi no hace falta, todo está sugerido en esos cuatro datos: el dolor de unos padres aún jóvenes, el luto compartido por un pueblo pequeño y aislado, el pésame entrecortado de los vecinos, la penumbra de un caserío dolorido, el silencio rebelde de los más jóvenes, el eco de las campanas atravesando el valle… El lugar elegido para la cruz permite intuir unos lazos especiales con el paisaje, como una cierta complicidad. Quizá José Ciganda buscó el consuelo del bosque en los últimos compases de la enfermedad que fue consumiendo su cuerpo, quizá pidió ese favor a sus padres mientras convalecía inmóvil con el Mendaur recortado en su ventana, quizá el camino del arroyo presenció algún lance destacado de su escasa biografía. Todo son cábalas, salvo el homenaje tardío y sincero de este blog.

viernes, 21 de marzo de 2008

Urkamendi

Viernes Santo: el acontecimento más importante de nuestras vidas tuvo lugar en la cima de un monte.

domingo, 9 de marzo de 2008

Isaías

Hoy he hecho una cumbre a mi pesar. Una cumbre de dolor, de tristeza, de impotencia. Hace unos días, en algún rincón clandestino y siniestro, unas personas decidieron que Isaías no tenía derecho a vivir. Es muy probable que ni siquiera pensaran en él: en su 43 años, en la decisión generosa que le llevó a una candidatura municipal, en los miedos e inquietudes que sin duda compartiría con su mujer, en las sonrisas que habría dispensado desde el peaje de la autopista donde transcurrían sus jornadas laborales, en la relativa libertad que recuperó al prescindir de la escolta, en las bromas que gastaría a su hijo Adei al llegar a casa. Nada de eso impidió que varios sujetos asomados a un delirante tablero de ajedrez ordenaran su asesinato, ni que poco después, en Mondragón, un verdugo necesariamente indocumentado lo acribillase a tiros a través del parabrisas de su coche. Bajaba yo de esa cumbre impuesta y oscura pensando que en el valle se habría disipado la niebla, que el asesinato de Isaías habría servido al menos para devolver al paisaje, a nuestro paisaje, la cordura y la serenidad perdidas hace varios años: tenía la esperanza quizá ingenua de que el crimen nos ayudaría a recordar por dónde discurre la única frontera que realmente importa. Pero ha resultado que no, que los encapuchados que diseñaron el último golpe de hacha han logrado empujarnos una vez más a su mundo de estrategias, de cálculos, de infamia, de fronteras oportunistas y electorales. Perdónanos, Isaías.

(El hacha de la imagen envejece en la cumbre del Treku)