
Era difícil no hacer una buena foto.
(Las dos imágenes fueron tomadas en la cima del Txindoki)
CIMAS, CITAS, RUINAS, RECUERDOS, FOTOS

En Punta Vernera, una casa sencilla y oxidada emerge entre las nieblas del Pirineo oscense. En el Olotoki, en la sierra de Areta, un cilindro rojo anuncia la llegada a la cumbre, apenas un claro entre los hayedos que trepan por la ladera. En el Mortxe, el buzón está arropado por un pañuelo que se agita con los vientos procedentes del Sarbil.


En la cima del Beoain, un recipiente de colores llamativos protege las tarjetas de los montañeros del viento cortante que barre las Malloas. En el Mendieder, el buzón es apenas un cilindro metálico escondido entre la hierba. El del Iramendi se encuentra en un pequeño claro del hayedo que cubre la cima. El del Achar de Alano pone a prueba su vértigo en las imponentes paredes del entorno.

En Montejurra, un buzón puntiagudo domina a la vez el paisaje y la historia. Una reproducción del castillo de Javier recibe a los montañeros en la Mesa de los Tres Reyes. En Laplana, una de las cumbres de la sierra de Codés (Navarra), un montañero recoge setas sobre un mapa de Euskalherria dominado por un roble. En Peña Izaga, una inofensiva tienda de campaña adorna la cima.

Un caserío oxidado guarda las tarjetas de los montañeros en la cima del Legate, en el Baztán. El buzón del Lákora también está inspirado en la arquitectura rural. En el Irumugarrieta, un reluciente cilindro metálico sustituyó a la vieja Amanita muscaria. Y en la cima de Lapaquiza, una casita con tejado rojo a dos aguas se asoma a la vez al valle de Linza y al Rincón de Belagua.