sábado, 15 de noviembre de 2008

Un paisaje a la medida de un santo



Casi todos los datos referidos a la vida de San Francisco Javier tienen un carácter superlativo. Desde que en 1541 zarpó de Lisboa hasta que murió en 1552 en la remota isla de Sancián, el infatigable misionero navegó a lo largo de 46.500 millas marinas, que equivalen a 86.000 kilómetros. En el Sur de India bautizó personalmente a más de diez mil personas. Si los recorridos que llevó a cabo sobre el mapamundi del siglo XVI se sitúan sobre un plano actual, se descubre que estuvo en trece países: España, Francia, Italia, Portugal, Mozambique, Kenia, Yemen, India, Sri Lanka, Malasia, Indonesia, Japón y China. Escribió 190 cartas de las que se han conservado 108. Se hizo entender en idiomas exóticos e impenetrables como el tamil, el bahasa o el japonés. Conoció casi todos los medios de navegación de la época, desde las naos portuguesas hasta las korakoras que empleaban los habitantes de las Molucas o los juncos que pilotaban furtivamente los comerciantes y los piratas chinos. Trató a reyes y virreyes y compartió las frágiles chozas de los pescadores del cabo de Comorín. Fue recibido en palacios imperiales y se adentró en la selva inexplorada de Morotai, una isla habitada únicamente por tribus hostiles y caníbales, ya próxima a Nueva Zelanda. Ante semejante biografía, parece claro que la única cumbre que se le podía dedicar en Navarra era la más alta: la Mesa de los Tres Reyes. Allí siguen la imagen de bronce que sustituyó a la monumental estatua colocada en 1952 y una maqueta del castillo de Javier realizada en acero inoxidable. Pero quizá lo más ajustado al espíritu del admirable jesuita sea el paisaje: un horizonte sin medida para el ímpetu incontenible de un santo.

3 comentarios:

Lamia dijo...

Sin palabras. Ante un texto tan bien traido, no tengo palabras.

Iván dijo...

Impresionante, una vez más.

Knulp dijo...

Ahí tenía que haber ido yo este verano y ni te llamé. No desconectes tu teléfono.