
Cuando se descubre el caserío de la imagen en un recodo del camino que asciende al Legate desde Bértiz, la pregunta surge casi inevitable: ¿para qué volver?
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Matthew es el padre de las Cuatro hermanas Soames en la novela de Jetta Carleton. Es el maestro del pueblo y vive con su familia en una granja que le permite sentir los latidos del campo y de su propia vida. Una noche de verano, “atormentado por el insomnio”, se viste y sale en silencio de la casa. Cruza el patio, se adentra por la arboleda de los nogales, observa el reflejo de la luna en el arroyo y se acerca a “un trozo de terreno sólo útil para apacentar el ganado y que él raras veces visitaba”. Se abre paso entre la maleza y se detiene sorprendido al descubrir un espino blanco solitario y luminoso. Ni siquiera puede reprimir un silbido de admiración: “Se había olvidado de aquel árbol; nunca lo había visto florecido de aquella manera. Dio vueltas a su alrededor, maravillado. Al cabo de un rato, se apartó, se apoyó en otro árbol (parecía que todos los demás se hubiesen retirado a propósito) y contempló el brillo de la luna sobre el espino blanco. Hubiese brillado igual, quieto e impersonal, aunque él no hubiese estado allí. Pensó en toda la hermosura que podía pasar desapercibida y le complació haber tenido el privilegio de ver aquella. Con estas reflexiones sintió que había recibido una lección de humildad”. El roble de la imagen brillaba hace sólo unas horas junto a las ruinas de una vieja ermita, en los alrededores de Ayechu, en el valle de Urraúl Alto, perfectamente desapercibido. Ha sido una suerte haber tenido el privilegio de admirar su belleza otoñal y luminosa.
